Milagro gallo y gallina

El origen

Un matrimonio alemán y su joven hijo, Hugonell, se dirigen en peregrinación a Compostela. Al llegar a Santo Domingo se hospedan en un mesón. La hija del posadero se enamora del joven, pero al no ser correspondida decide vengarse ocultando una copa de plata en el equipaje del joven. Cuando éste abandona la ciudad la muchacha denuncia el robo. Al ser capturado, se encuentra la copa entre sus pertenencias por lo que es acusado de robo y condenado a la horca.

Al día siguiente, sus padres, antes de emprender el viaje, van a ver el cuerpo de su hijo, quien sorprendentemente estaba vivo y les dice: “El bienaventurado Santo Domingo de la Calzada me ha conservado la vida contra el riguroso cordel… dad cuenta de este prodigio”. Los padres acuden a contar el suceso al corregidor de la ciudad, pero éste, escéptico, comenta que el joven está tan vivo como el gallo y la gallina asados que se dispone a comer. Al instante las aves recuperan las plumas y la vida, dando fe del portentoso milagro.

De ahí el dicho:

Santo Domingo de la Calzada
que cantó la gallina después de asada

Milagro de la rueda y el Peregrino resucitado.

Dos carros arrastrados por novillos venían por el camino de Grañón cargados con materiales. Los animales se alborotaron, se salieron del camino y una de las ruedas atropelló a un peregrino que dormía a la orilla del puente, dejándolo sin vida. San Juan de Ortega que venía con los carros, dio la noticia al Santo, quien entró en la ermita y oró con fervor. Confiado en que Dios no había de abandonarle, fue hacia donde estaba el cadáver y, después de repetir su oración, mandó al difunto: “Levántate, hijo, en el nombre de Dios Todopoderoso y prosigue tu camino y peregrinación”. Se incorporó el peregrino y, al lado de Domingo, con los testigos, entró en la ermita para dar gracias a la Santísima Virgen que tan generosamente le había devuelto la vida.

La ciudad de Santo Domingo de la Calzada conmemora y recuerda cada 11 de mayo este milagro con una procesión.

Milagro de la mano sacrílega.

En una tarde de invierno, mientras el Santo encendía fuego para que pudieran calentarse los que iban llegando, entraron en el Hospital dos peregrinos. Con mucha soberbia, pidieron ser atendidos con preferencia y, al verse igualados con los demás, estallaron en cólera. Uno de ellos, apaleó a Santo Domingo y le arrojó, brutalmente al fuego. Olvidando el ultraje, Santo Domingo les sirvió la cena y el desayuno con la mayor consideración y cariño. Prosiguieron su viaje a la mañana siguiente, pero discutieron antes de llegar al puente, sacaron sus espadas y se dieron muerte. Un perro arrancó a mordiscos la mano de uno de ellos y, con ella en la boca, se acercó al Santo cuando salía de la ermita. Comprendió en seguida que Dios había querido castigar a quienes le habían agraviado, aunque el Santo los había generosamente perdonado.

Milagro de las manos protectoras

El rey Pedro I y su medio hermano Enrique de Trastamara protagonizaron sangrientas batallas por el dominio de los territorios. Conocía el rey que los calceatenses se habían juramentado a favor de Trastamara por lo cual decidió escarmentar a la población. Cuando los vecinos de la ciudad conocieron la resolución del rey acudieron ante el sepulcro del Santo para implorar su protección. De repente se asomaron del mismo dos blancas manos. Reconocieron esta señal como la protección que Santo Domingo le daba a su ciudad. El propio rey y sus soldados quedaron ciegos. Reconociendo su error, el rey pidió perdón y prometió construir una muralla que protegiera la ciudad. El rey y su ejército recobraron la vista y, fiel a su palabra, edificó la magnífica muralla que subsistió hasta principios del siglo XX.

Breve biografía del Santo

 

Domingo García nació en Viloria de Rioja (Burgos) hacia el año 1019. Decidido a entregar su vida a Dios, quiso ingresar en los monasterios de Valvanera y de San Millán, pero fue rechazado en ambos.

Alrededor del 1040 se retiró como eremita a los bosques que ocupaban el lugar en el que hoy se levanta la ciudad de Santo Domingo de la Calzada, y desde allí observó las dificultades que los peregrinos, rumbo a Compostela, encontraban al atravesar la zona. Trabajó desde entonces para facilitarles el recorrido con la construcción de un puente que permitiera salvar el curso del río Oja, un hospital donde refugiarse, una calzada que uniera Nájera con Redecilla del Camino (Burgos) y una pequeña iglesia. Recibió el apoyo de Alfonso VI de Castilla, a cuya tarea repobladora beneficiaba el burgo derivado de la actuación de Domingo.

A su muerte, el 12 de mayo de 1109, fue enterrado en el camino que había trazado. Sus seguidores mantuvieron el pequeño núcleo de población, que con el tiempo adoptaría su nombre, y continuaron su obra con la creación de una cofradía, la misma que hoy se encarga de preservar el recuerdo del Santo y las tradiciones a él vinculadas y de acoger a los peregrinos en el albergue que atienden.

Milagro de los cautivos liberados

En uno de los combates entre moros y cristianos, cayó prisionero un soldado calceatense, llamado Andrés de Tobía. Confinado en una oscura mazmorra, invocó al Santo pidiéndole su protección. Se le apareció durante la noche, le tomó con su mano y lo sacó sin que le vieran los centinelas hasta dejarle en un lugar seguro.

Milagro de dos obreros resucitados

Durante unas obras algunos sillares aplastaron y dejaron sin vida a dos obreros. Se atribuyó la catástrofe a la impericia del Santo Arquitecto y salieron en su busca. Le contaron la desgracia y el Santo renovó su oración, luego fue con ellos hasta donde estaban los cadáveres y suplicó a Dios para que les restituyera la vida. Hecho el milagro, el Santo recuperó su prestigio y pudo continuar su obra.

Milagro de los novillos amansados

El Santo solicitó el concurso de los pueblos vecinos para construir el puente y la calzada de gran utilidad para la comarca. En general, respondieron a tal petición con generosidad pero un vecino de Corporales cometió la vileza de ofrecerle dos novillos rebeldes al yugo. El Santo confiando en Dios, se acercó tranquilo a los fieros animales que se le acercaron como mansos corderos y se dejaron uncir al carro.

Milagro del sepulcro del Santo

Los discípulos del Santo quisieron que el Santo Arquitecto construyera su sepulcro dentro del templo que él estaba construyendo. Pero, en su humildad, Domingo dejó el sepulcro cerca, pero fuera del templo. Tras su muerte, un buey se escapó del yugo con el que había estado arando, corrió por el campo, hasta que fatigado cayó muerto sobre el sepulcro. Con ese suceso tan sencillo Dios quiso imponer el respeto que merecía la tumba de su Siervo. Así fue modificada la planta de la Catedral que acogió su sepulcro y se impidieron nuevas profanaciones.

Milagro de la hoz

El Santo necesitaba madera para sus obras y, humildemente, pidió algunos robles y encinas. De manera egoísta, se la negaron. El Santo volvió a insistir, haciéndoles ver la utilidad que representaban esas obras para la comarca y los peregrinos, pero tampoco logró vencer su terquedad. Entonces, mostrándoles una pequeña hoz, les rogó que le concedieran la madera que pudiera cortar con ella. En esta oportunidad sí accedieron pensando que con esa hoz sólo podría cortar zarzas y limpiar malezas. Entonces se produjo el milagro. Dios le concedió lo que los hombres le negaron.